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    Imagen conmovedora pero irreal: la ética detrás de la IA

    Cuando la foto te conmueve… pero es falsa

    En estos tiempos, una fotografía puede parecer profundamente humana, evocadora, nostálgica… pero no ser más que un producto sintético, generado por inteligencia artificial.

    La imagen de un niño campesino comiendo frijoles con tortilla junto a su abuela puede tocarnos el corazón. Pero si fue creada por una IA, no representa a nadie. No documenta nada. No cuenta la historia de ese niño, porque ese niño no existe.

    Y eso duele. Porque los que sí existimos, los que sí contamos historias reales, sabemos el esfuerzo que implica ganarse la confianza de una comunidad, llegar con respeto a su mesa, captar lo cotidiano sin romantizar ni explotar.

    Las imágenes que yo registro —y las que tantos comunicadores y periodistas documentales construimos con paciencia y ética— sí tienen contexto, territorio, rostro y memoria. No se inventan: se viven. No imitan: acompañan.

    Así que sí, la IA puede generar una escena bonita, impecable incluso… pero nunca tendrá lo más valioso: la verdad de lo vivido.


    Aún no estamos preparados para valorar el trabajo de la inteligencia artificial.

    Y no lo estamos porque aún no alcanzamos a medir el impacto social y simbólico que puede tener cuando una imagen artificial se confunde con la realidad, sobre todo en un país como México, donde la pobreza rural no es una estética: es una condición de vida para millones de personas.

    Según el INEGI, con datos actualizados al 2024, más del 36% de la población mexicana vive en situación de pobreza, y esta realidad es especialmente grave en zonas rurales e indígenas, donde el acceso a servicios básicos, educación y alimentación digna sigue siendo limitado.

    Ese niño que vemos en una foto falsa no existe, pero miles como él sí existen y enfrentan el día a día sin reflectores, sin IA, sin filtros.

    El riesgo no es solo estético, es ético: corremos el peligro de romantizar la pobreza sin enfrentarla, de reproducir estereotipos sin comprenderlos, de sustituir la documentación con ilusión.

    Y es ahí donde como comunicadores, periodistas o creadores de contenido, debemos hacer una pausa y cuestionar nuestras fuentes, nuestras intenciones y nuestras plataformas. Porque incluso proyectos como Paralelo90MX —que buscan rescatar, visibilizar y dignificar lo real— pueden caer en la trampa de difundir imágenes artificiales creyendo que son auténticas.

    No se trata de demonizar la IA. Se trata de asumir con responsabilidad que aún no estamos listos para medir sus efectos cuando se entrecruza con la identidad, la desigualdad y la memoria colectiva.

    Mientras tanto, el campo mexicano sigue ahí, esperando que se le vea, pero de verdad.

    Nota final

    Este texto fue redactado con un sentido humano por un humano, pero con el apoyo de una inteligencia artificial. Porque de eso se trata: de comprender hasta dónde la IA tiene la capacidad de acompañar un pensamiento con carga ética, sin reemplazar la experiencia, la sensibilidad ni la verdad de quien lo vive y lo cuenta.

    La herramienta existe, no estamos negados al uso de IA. Lo importante es para qué la usamos.

    Atte. Ricardo Jonás Soto Contreras / Periodista y director de Paralelo90MX

    Esta fue la imagen que circula en redes sociales, donde abre a la imaginación, pero que desde el valor documental no existe.

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