La Fiesta del Té
Desde que el virus de inmunodeficiencia humana, el VIH, fue detectado en la década de los 80s y declarado una epidemia. Se le ha masculinizado, pues se consideró que hombres gays y los consumidores de drogas inyectadas eran los pacientes potenciales. Dejando a las mujeres casi por completo fuera de la fórmula, salvo por aquellas que se dedicaban al trabajo sexual.
Eso es lo que se pensaba en la década de los 80s y a pesar de que la estadística en salud fue cambiando, esa percepción se quedó para los 90s y ahora los 2000les.
Esto marcó estigmas importantes sobre las personas que vivían con el virus, para sus familias y para la sociedad, que se quedó con la idea de víctimas masculinas y sólo algunas mujeres.
En los 2000miles fue cuando las estadísticas empezaron a mostrar las proporciones de lo que se había estado desatendiendo. Es decir, el número de mujeres empezó a crecer. Si bien los hombres eran muchos en comparación, se empezó a detectar que ellas empezaban a aumentar y con ellas también una población que se había dejado por completo fuera de la ecuación, las niñas, niños y adolescentes.
¿Qué pasó? Los hombres que tenían sexo con otros hombres, pero permanecían en parejas heterosexuales, especialmente aquellos que no se asumían gays, pensaban que no había posibilidades de transmitirse el virus, por lo que mantenían esas prácticas, a veces ocasionales, a veces regulares, pero siempre volvían a casa, con sus parejas.
Ahí fue que muchas mujeres, casadas, algunas amas de casa, monógamas, heterosexuales, empezaban a dar diagnóstico positivo al VIH.
Muchas de esas mujeres se enteraban de su diagnóstico en el momento en que sus parejas se encontraban en el hospital, enfrentando un diagnóstico de sida, sin saber cómo pasó o qué podría haber pasado. Otras se enteraron de su condición al estar embarazadas y hacerse una prueba rápida y ahora con la necesidad de adherirse a un tratamiento, a atender a las consecuencias de algo que no sabían bien a bien por qué pasaba.
Algunas más se enteraban de su diagnóstico al identificar los primeros problemas de salud de sus bebés recién nacidos.
Al impacto de salud que recibieron, venía además el familiar y social, muchas quedaban viudas, solas, acusadas por la familia de sus esposos de haber sido las culpables de enfermarlo, otras expulsadas y estigmatizadas por su comunidad y otras en la soledad por no poder hablar del tema por miedo.
Así es como en la actualidad, según datos de Salud, dos de cada diez personas diagnosticadas con vih son mujeres.
Sólo en el caso de Veracruz, durante 2016 más de 700 mujeres embarazadas fueron diagnosticadas con VIH, mediante pruebas rápidas que se aplicaron en el programa de salud materna.
La mayoría de esas mujeres se encontraban en municipios rurales, indígenas o en condiciones de marginación, como Mariano Escobedo.
¿Por qué debe preocupar esto? Porque debido a los estigmas que pesan sobre el VIH la epidemia sigue teniendo rostro masculino. Las mujeres no son contempladas como tal en las campañas de prevención, los preservativos que se reparten por el sistema de salud son principalmente masculinos, las pruebas rápidas de VIH que se acercan con más frecuencia a las mujeres son en los programas de salud materna, pocas veces se les ofertan fuera de esa condición.
Sólo es necesario voltear a ver las campañas de prevención y atención al VIH vigentes, son casi nulas y pocas enfocadas con perspectiva de género. La actual legislación en materia de VIH en la entidad carece de perspectiva de género y las reformas para la misma siguen congeladas en el Congreso Local.



