Por momentos, Frankenstein de Guillermo del Toro no se presenta como la película que muchos esperábamos desde el lenguaje estrictamente cinematográfico. Al menos, no de inicio. Hay una primera sensación, honesta y válida, de ligera decepción: la expectativa de un guion más visual, más propio del cine, se enfrenta con una narrativa profundamente literaria, reflexiva, casi contemplativa. Sin embargo, como ocurre con las obras que no se agotan en el impacto inmediato, los días pasan y la película permanece. Y es justo ahí donde comienza su verdadero valor.
Del Toro no está interesado únicamente en hablarnos de monstruos. O mejor dicho, no del monstruo que el imaginario colectivo asocia automáticamente con Frankenstein. El director mexicano propone otra lectura: los verdaderos monstruos habitan la Tierra, no necesariamente en cuerpos deformes, sino en ideas, decisiones y actos profundamente humanos. Pero incluso esta lectura queda corta frente al eje central de la obra: la muerte.
La muerte aparece no como una entidad aterradora o divina, sino como un proceso. Un proceso vital. En distintas culturas, la muerte ha sido entendida como un dios, un ente o una figura con poder absoluto sobre la vida. Del Toro, en cambio, la despoja de solemnidad teológica para devolverle su dimensión humana. Morir no es solo el final, es la culminación de algo vivido, construido o logrado.
En este punto, la reflexión dialoga de manera natural con las cosmovisiones prehispánicas de México, donde la muerte no es sinónimo exclusivo de dolor, sino de tránsito. Un paso. Un cambio de estado. Desde ese lugar íntimo que parece describir Del Toro, morir puede significar paz: el descanso después de una vida cumplida.
La tragedia del ser creado por el doctor Victor Frankenstein radica justamente en la negación de ese proceso. La criatura está condenada a existir sin la posibilidad de morir. A deambular eternamente, privada del derecho más humano de todos: el cierre. La muerte, que para muchos representa pérdida, para este ser se convierte en anhelo.
Victor Frankenstein, en contraste, sí alcanza ese final. Y es ahí donde surge uno de los momentos más reveladores del relato. Incluso en la muerte, Victor es envidiado por su creación. Hay una frase que resuena con fuerza en el desenlace: aprovecha la vida. No como consigna vacía, sino como advertencia.
La reflexión se vuelve inevitable: ¿para qué esperar la muerte?, ¿para qué buscarla? Mientras no llegue —dice Victor, directa o indirectamente— la vida merece ser vivida. Porque la muerte, entendida como proceso vital, solo cobra sentido cuando hay algo que concluir.
Guillermo del Toro no nos entrega una película cómoda ni complaciente. Nos ofrece una obra que exige tiempo, pensamiento y reposo. Frankenstein no se consume: se mastica y se saborea. Y quizá ahí, en esa incomodidad inicial que luego se transforma en reflexión persistente, radica su mayor virtud.




