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    Día de Muertos, ¿truco o tradición?

    La tradición del Día de Muertos se ha diversificado ampliamente en pleno siglo XXI, lo que me detuvo a pensar en si las y los mexicanos estamos cumpliendo con ella.

    ¿De qué se trata exactamente la tradición del Día de Muertos en la actualidad?, me pregunté de repente. Desde mediados de septiembre empiezan a anunciarse las actividades, desfiles, comida y precios de insumos para los altares; todo eso que haremos en el tiempo libre que tendremos los días 1 y 2 de noviembre. Este año coincidieron en sábado y domingo. 

    Consciente de la agenda apretada de los centros culturales, así como de las personas para acudir a fiestas y desfiles, alrededor de esta fecha, busqué en mi memoria el propósito original y espiritual de la tradición. Y tomo “espiritual” como un concepto alejado de cualquier religión y cocerniente a la creencia de que nuestros seres queridos que no existen en este plano terrenal regresan en estas fechas a visitarnos desde aquel lugar en el que descansan. 

    Me descubrí inconsciente del propósito, de la historia; tengo olvidada cierta información. Este año no puse altar ni acudí al cementerio donde está la cripta familiar, como es la costumbre en la que me educaron.  

    Pienso que no debo ser la única en esta situación. ¿Cuál es el propósito del Día de Muertos?  Hoy no estoy segura cuál es o si las personas lo tenemos claro. ¿En qué consiste en la actualidad?

    Es cierto que tiene sus diferencias de pueblo a pueblo, de estado a estado, de la República. En mi familia, originalmente, la tradición consistía en acudir al panteón, limpiar la cripta familiar, poner flores nuevas -moco de pavo, gladiolas, bombones, lluvia blanca, nunca cempasúchil- y velas. Desde la infancia recuerdo también saludar al resto de la familia y amigos que acudían a la misma faena al cementerio del pueblo, enclavado en la región del caluroso sotavento. Algunos solo los veías ese día y en ese lugar, los conocías ahí y te despedías hasta volver al encuentro en fecha incierta. Es un pueblo de alta emigración, porque mujeres y hombres salen a trabajar a otras ciudades, pero regresan en fechas importantes como Todos Santos o Navidad. 

    Después de limpiar, colocar flores, velas, recordar anécdotas de los allí sepultados y de saludar a todos esos parientes que no has visto en un año o más, regresábamos a  casa de una tía para desayunar o comer en familia, según la hora, entre vivos. 

    Cuando adolescente no entendía, solo seguía lo que me inculcaban. Un día me pregunté porqué nosotros no hacíamos altar de muertos como veía en la televisíon lo hacían en otros lugares de México, o ¿porque nuestra celebración era diferente?  Me di cuenta que, efectivamente, solo era distinta, la intención era la misma. Lo nuestro era íntimo: sólo hermanas y hermanos, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, quizá alguna suegra, nada más. 

    Una cita obligada para que los vivos nos reuniéramos a recordar a los muertos. Hablar de ellos y tenerlos presentes. En alguna ocasión, a mitad de alguna de estas reuniones del 2 de noviembre, me “cayó el 20” y me imaginé entre nosotros a mi abuela manterna o al tío que fue mi padrino de primera comunión.

    Porque esa es la idea primigenia y prehispánica. Se hacen altares o se va al cementerio porque creemos que el 1 y 2 de noviembre nuestros seres queridos cruzan los portales y nos visitan, nos rodean, comen sus platillos favoritos, incluso, abrazan nuestra alma. Consumen aquello que les fascinaba en vida, para mantener la relación con nosotros los vivos y así los perpetuamos en esta vida. 

    “Perdura. Se abren un portal, un camino, y ellos tienen la oportunidad de venir a saludarnos. 

    Deben cerciorarse de cómo estamos. Estar entre nosotros. Y disfrutar de aquello que amaban en vida”

    Sin embargo, dudo que actualmente lo tengamos presente.  Algunos quizá por falta de reflexión, otros porque, enfocamos la festividad con otra perspectiva. ¿Qué es para ellos la tradición de Día de Muertos? Quizá la viven a través de sus abuelos o padres, quienes recuerdan  a quienes se fueron. Pero los nietos a lo mejor están teniendo una experiencia distinta. 

    En cada lugar de México la tradición de Todos los Santos es diferente. Hay pequeños pueblos donde hacen altares en cada casa y es una tradición familiar, muy íntima, la cual debemos respetar los foráneos y turistas porque no la sentimos ni la vivimos de la misma manera. 

    Para lxs visitantes es una curiosidad. Un festejo. De la cual queremos participar para experimentar, para divertirnos. Por eso hay comunidades que cierran sus festejos  al turismo o realizan estrategias para lograr una combiación entre el espectáculo y la privaciodad de la tradición, como Janitzio, en Michoacán. Porque se sienten invadidos. En la era de la digitalización y las redes sociales, varios llegan a tomar videos, fotografías, a documentar su misma presencia, una participación artificial en un misticismo que no entienden, solo para presumir en la web. 

    Por otro lado, existen comunidades que han hecho del Día de Muertos y de su fiesta un producto turístico. ¿Una fiesta para qué? Para que lleguen turistas y dejen una derrama económica en sus poblaciones, porque han invertido su identidad en esta vocación.  Es una forma de ser y  de vivir en esos pueblos, pero también de obtener el sustento.

    Entonces se acepta la invasión de quienes sólo buscan lo colorido y pagan hoteles, restaurantes y paseos nocturnos por las calles empedradas. Mientras documentan la experiencia que olvidarán con el tiempo y sólo quedará en fotos y reels para generar más aspiracionismo. 

    En este caso, los pueblos, algunos en la categoría de “Mágicos”, no se sienten utilizados o agredidos, es un acuerdo previo de compartir su celebración que recae en la promoción turística previa. En una estrategia. 

    Lo nuevo en la tradición de Día de Muertos son los desfiles de catrinas. A 10 años de su llegada, ya está catalogada como una costumbre instaurada en el imaginario colectivo, principalmente de las ciudades con vocación turística. 

    Esta práctica empezó a diseminarse a raíz de la escena inicial de la película Spectre (2015) en el que el personaje principal, James Bond, realiza una secuencia de acción en calles y edificios  de la Ciudad de México, la capital del país, mientras se realiza un desfile alusivo al Día de Muertos con el mismo colorido, personajes y misticismo que caracteriza a los altares. 

    Dos años después, la película Coco (2017) de Disney reforzaría el entusiasmo de lxs mexicanxs en celebrar el particular rasgo de identidad que significa la creencia de que el 1 y 2 de noviembre las almas cruzan el portal desde el paraíso y llegan al plano terrenal para convivir con quienes continuamos la vida. 

    A partir de entonces, los festivales y desfiles de catrinas se han hecho populares en las ciudades, y el en el puerto jarocho y Xalapa, por ejemplo, no han sido la excepción.  Después de la pandemia y el regreso a la normalidad, esta nueva tradición ha retomado fuerza. 

    No podemos cerrarnos a la novedad ni a la experiencia de ver desde su origen cómo evolucionan los elementos culturales. La manera en que se instauran entre nosotrxs y nos hacemos partícipes, como si fuera algo de toda la vida.  Presenciar cómo nace y evoluciona la cultura, en su sentido más amplio. 

     

    Las expresiones del día de muertos, sin embargo, algunos debemos reflexionarlos y respetarlos desde la conciencia y la espiritualidad. Despojarlas del oropel mediático, a veces inevitable, y aterrizarlo a la significación que vincula el amor y recuerdo de quienes seguimos con vida con aquellos que se nos adelantaron y nos miran, seguramente, con cariño, desde el más allá.

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