Veracruz es un estado que se vende por su riqueza natural, cultural y gastronómica. Playas, centros históricos, ríos, música y tradición forman parte de una narrativa turística que se promueve constantemente. Sin embargo, hay un factor que pocas veces se coloca en el centro del debate y que impacta de manera directa la experiencia de quienes visitan el estado: el transporte público.
Camiones en condiciones deplorables, unidades que bien podrían considerarse chatarra, falta de mantenimiento, choferes mal capacitados y un servicio deficiente forman parte del día a día no solo de los veracruzanos, sino también de los turistas que se ven obligados a utilizarlos. Estas unidades circulan incluso en zonas turísticas, proyectando una imagen de abandono, desorden y ausencia de autoridad.
A esta problemática se suma el control político que ejercen permisionarios del transporte urbano y el gremio taxista, quienes han cerrado el paso a plataformas digitales como InDriver, DiDi o Uber. Este bloqueo no solo limita la libre competencia, también genera molestia entre viajeros nacionales y extranjeros acostumbrados a transportarse en vehículos en buen estado, con tarifas claras y servicios más eficientes.
El abuso en las tarifas de taxi, la negativa a utilizar taxímetro, el mal trato de algunos conductores y la falta de mecanismos eficaces de queja terminan por consolidar una percepción negativa del destino. Para muchos visitantes, el traslado deja de ser parte del viaje y se convierte en un problema.

CAMIONEROS RESPONSABLES DE ACCIDENTES FATALES
En este contexto, el Gobierno del Estado de Veracruz anunció que los camiones Ulúa pasarán a manos de la administración pública, luego de ser retirados a los concesionarios. La medida se da en medio del conflicto por el transporte urbano y abre un nuevo escenario en la discusión sobre la movilidad, aunque todavía deja pendientes estructurales.
Si bien la incorporación de unidades nuevas, climatizadas y con mejores condiciones representó en su momento un avance, los resultados han sido limitados. Son pocas unidades frente a un parque vehicular obsoleto que continúa operando. Además, diversos accidentes y videos difundidos en redes sociales evidencian que el problema no es únicamente el estado de los camiones: los mismos choferes, sin capacitación adecuada, siguen al volante, ahora en vehículos nuevos, reproduciendo prácticas de riesgo, distracción y mal servicio.
Todo esto conduce a una conclusión incómoda pero necesaria: el transporte público en Veracruz no solo enfrenta una crisis de movilidad, también una crisis de imagen turística. Mientras no exista regulación efectiva, capacitación real, supervisión constante y apertura a modelos modernos de transporte, el mensaje para el visitante seguirá siendo contradictorio.
Veracruz no puede aspirar a consolidarse como un destino competitivo si permite que el traslado dentro de sus ciudades sea una experiencia incómoda, insegura y obsoleta. Porque el turismo no solo se vive en hoteles y playas; también se construye, o se destruye, desde el asiento de un camión o un taxi.




