Cada año, conforme se acerca noviembre, México comienza a llenarse de flores de cempasúchil, altares, catrinas, música y celebraciones dedicadas a los muertos. Las calles se transforman, los festivales atraen visitantes y una de las tradiciones más representativas del país adquiere una presencia cada vez mayor en el espacio público.
Pero detrás de esa celebración existe un significado que va mucho más allá de sus expresiones festivas: la relación que los mexicanos, especialmente desde las concepciones de los pueblos originarios, mantienen con quienes han muerto.

El antropólogo Diego Prieto Hernández, titular de la Unidad de Culturas Vivas, Patrimonio Inmaterial e Interculturalidad, recuperó esa dimensión durante la presentación de las festividades de Xantolo en Huejutla, Hidalgo, realizada el 8 de octubre en el Museo Nacional de Culturas Populares, en la Ciudad de México.
Su intervención puso sobre la mesa una reflexión fundamental en una época en la que el Día de Muertos también se ha convertido en una importante expresión turística y cultural: celebrar a los muertos no debería significar olvidar el sentido de recibirlos.
Nuestros muertos también forman parte de la comunidad
Para Diego Prieto, comprender el Día de Muertos exige mirar primero la manera en que los pueblos originarios conciben a la comunidad. No se trata únicamente de las personas que comparten un territorio o que conviven en el presente. La comunidad también está integrada por quienes estuvieron antes y cuya memoria continúa dando sentido a la vida colectiva.
“En el caso de México, no solo la cultura vive en la comunidad, nuestros muertos viven en la comunidad”, expresó el antropólogo. Desde esa perspectiva, los antepasados no desaparecen de la vida comunitaria con su muerte. Permanecen presentes en las costumbres, los recuerdos, las enseñanzas y las responsabilidades que heredan a las siguientes generaciones.
“La comunidad también la integran y de manera muy especial los que ya se fueron, los antepasados primeros que nos explican y que nos siguen interpelando para conservar una tradición, una memoria y una identidad”, explicó. Esa concepción ayuda a entender por qué, en numerosas comunidades mexicanas, el Día de Muertos no consiste solamente en recordar a una persona fallecida, sino en preparar su regreso simbólico.
Las familias colocan alimentos, flores, veladoras y objetos que pertenecieron a sus seres queridos. Se preparan los espacios para recibirlos y se visita el cementerio. Son prácticas que, con sus diferencias regionales, mantienen una idea compartida: los vínculos familiares y comunitarios no terminan necesariamente con la muerte.
¿Los mexicanos nos burlamos de la muerte?
Una de las afirmaciones más contundentes de Prieto cuestiona una interpretación muy extendida sobre la identidad mexicana: la idea de que nuestra manera de celebrar significa que nos burlamos de la muerte. “Es falso que el mexicano se burla de la muerte. No, no es ninguna burla. El mexicano festeja la muerte porque sabe que la vida solo surge de la muerte.”
Su explicación parte de una relación de continuidad entre generaciones. La vida de quienes permanecen es posible gracias a quienes estuvieron antes, y esa herencia implica también una responsabilidad hacia los demás. “Se festeja la muerte porque para nosotros quienes se han adelantado nos marcan el camino y nos establecen la obligación de seguir contribuyendo a la comunidad, a la familia, a los demás”, señaló. Esto no significa que la pérdida deje de doler o que la muerte se convierta en motivo de felicidad.
El propio antropólogo lo reconoció: nadie está contento cuando muere un familiar. Sin embargo, las celebraciones permiten recordarlo y recibirlo simbólicamente con alegría, sin que desaparezca el respeto por su ausencia. Por eso, la música, la comida y el encuentro familiar no son necesariamente contrarios al recogimiento. Pueden formar parte de una misma tradición en la que conviven el dolor de la pérdida y la alegría del recuerdo.
Tres valores que dan sentido al Día de Muertos
Durante su intervención, Diego Prieto identificó tres valores presentes en las festividades indígenas dedicadas a los muertos: comunalidad, reciprocidad y espiritualidad. El primero, la comunalidad, se refiere a reconocer que el bienestar colectivo tiene una importancia que trasciende el beneficio individual.
Desde esta visión, recordar a los antepasados también significa reconocer lo que hicieron por sus familias y comunidades, así como la responsabilidad de continuar aquello que construyeron. El segundo valor es la reciprocidad, entendida como la convicción de dar, recibir y devolver.
Prieto explicó que esa relación no existe solamente entre personas, sino también con la naturaleza. El retorno del cuerpo a la tierra adquiere un significado especial porque representa la devolución de aquello que permitió sostener la vida. La tierra, desde esta concepción, no es únicamente una propiedad o una superficie: es el espacio compartido con otros seres del que depende la existencia humana.

El tercer valor es la espiritualidad, quizá uno de los elementos más importantes para comprender por qué estas celebraciones no pueden reducirse a sus manifestaciones materiales. “La espiritualidad es la convicción de que no solo en los bienes materiales está el sentido de la vida, que hay un conjunto de convicciones, de principios, de creencias que le dan trascendencia a la vida”, explicó Prieto.
Para el antropólogo, espiritualidad no significa exclusivamente pertenecer a una religión o practicar determinadas creencias. También implica reconocer que existen vínculos y responsabilidades que no pueden medirse únicamente por su valor económico. En ese sentido, el Día de Muertos permite que las familias y comunidades mantengan una relación con su pasado y encuentren en él parte del significado de su presente. Una tradición que cambia, pero conserva sus raíces
El Día de Muertos no se celebra de una sola manera en México. Las expresiones indígenas, las tradiciones católicas y las transformaciones culturales ocurridas a lo largo de los siglos han dado lugar a prácticas distintas según cada región. Esa diversidad forma parte de su riqueza.
En 2008, la UNESCO inscribió las fiestas indígenas dedicadas a los muertos en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, después de haberlas proclamado originalmente en 2003. El reconocimiento destaca especialmente el encuentro simbólico entre vivos y muertos, así como la importancia que tienen estas prácticas para fortalecer los vínculos familiares y comunitarios.
En la actualidad, esa celebración también encuentra nuevas formas de expresión. Los desfiles, las representaciones artísticas, las catrinas, los festivales y las actividades culturales forman parte del paisaje contemporáneo de estas fechas. Algunas recuperan elementos tradicionales y otras incorporan interpretaciones recientes. Para Diego Prieto, esa transformación no representa necesariamente un problema.
Al referirse a la expansión de estas festividades por prácticamente toda la sociedad mexicana, señaló: “Los Días de Muertos, que ahora se acompañan de desfiles y todo eso. Yo no lo veo mal, siempre y cuando se mantengan también los rituales más tradicionales.” La precisión es importante. No se trata de enfrentar las celebraciones populares con las prácticas tradicionales, sino de reconocer que unas no deberían desplazar a las otras.
Un desfile puede acercar a nuevas generaciones a esta celebración. Un festival puede contribuir a difundir la riqueza cultural de una región. Sin embargo, esas actividades no agotan el significado de una tradición que también se construye dentro de los hogares, los cementerios y las comunidades. El riesgo no está necesariamente en que la celebración crezca o se transforme, sino en que sus expresiones más visibles terminen ocultando las prácticas y los valores que le dan sentido.
Xantolo, una tradición viva de la Huasteca
Las reflexiones de Diego Prieto surgieron durante la presentación de Xantolo, una de las expresiones más representativas de las festividades dedicadas a los muertos en la región Huasteca. En Huejutla, Hidalgo, esta celebración reúne prácticas comunitarias, música, danzas, ofrendas y rituales que muestran cómo cada pueblo ha construido su propia manera de relacionarse con los difuntos.

Prieto explicó que incluso el nombre Xantolo refleja los encuentros culturales que dieron forma a estas tradiciones, al derivar de Sanctorum, expresión latina vinculada con los santos. Su transformación muestra cómo las comunidades indígenas incorporaron elementos llegados con el catolicismo y los integraron a prácticas y concepciones anteriores.
La celebración contempla distintos momentos dedicados a los difuntos, entre ellos la recepción de los niños fallecidos, el recuerdo de los adultos y las visitas a los panteones. Pero más allá de sus particularidades, Xantolo comparte con otras expresiones del Día de Muertos una característica esencial: es una tradición que conserva su significado porque las comunidades continúan practicándola y transmitiéndola.
Recordar por qué celebramos a nuestros muertos
En una época en la que el Día de Muertos ocupa cada vez más espacios culturales, turísticos y comerciales, las palabras de Diego Prieto invitan a mirar aquello que permanece detrás de las celebraciones. No se trata de renunciar a la música, los desfiles, las catrinas o las nuevas expresiones artísticas. Tampoco de asumir que las tradiciones deben permanecer inmóviles para conservar su autenticidad.
Se trata de comprender que el Día de Muertos tiene una dimensión íntima y comunitaria que no puede sustituirse únicamente con actividades públicas. En muchas familias, esa dimensión aparece en gestos sencillos: preparar el platillo favorito de alguien que murió, colocar su fotografía, encender una veladora o reunirse para contar nuevamente su historia. Son acciones que permiten transmitir recuerdos, reconocer a quienes estuvieron antes y mantener vivos los vínculos entre generaciones.

La reflexión de Prieto devuelve la atención a ese significado profundo: nuestros muertos siguen formando parte de la comunidad porque su memoria continúa presente en la vida de quienes los recuerdan. Y quizá esa sea una de las razones más importantes para conservar el sentido del Día de Muertos.
Porque antes que una celebración para ser observada, fotografiada o compartida, es una tradición que permite a las familias y comunidades volver a encontrarse, aunque sea simbólicamente, con quienes ya no están



