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    Ninín: cuando los muertos vuelven a casa en el Totonacapan

    Flores de cempasúchil, estrellas de palma, copal, veladoras, alimentos, cantos y familias reunidas. Durante estos días, Papantla se transforma para celebrar el Ninín y las imágenes pueden resultar espectaculares. Pero detrás del color y de la celebración pública existe algo mucho más profundo: una manera particular del pueblo totonaca de entender la relación entre quienes están vivos y quienes ya partieron.

    Ninín
    Teresita García Martínez

    Aquí, el Día de Muertos no consiste solamente en colocar una fotografía y recordar a quienes faltan. La casa se prepara porque, desde esta cosmovisión, los ancestros regresan y hay que recibirlos. Esa idea atraviesa buena parte del Ninín, nombre con el que se conoce a los rituales relacionados con los muertos en esta región del Totonacapan. El Museo Nacional de Antropología ha documentado una interpretación de la palabra como “los que no han muerto”, vinculada precisamente con la permanencia de aquellos que continúan siendo recordados.

    Una celebración que no comienza el 1 de noviembre

    Una de las diferencias más interesantes con la imagen que comúnmente tenemos del Día de Muertos es el tiempo. Para el pueblo totonaca, el ciclo del Ninín puede comenzar desde el 18 de octubre, día de San Lucas, y prolongarse hasta el 29 de noviembre, aunque sus momentos centrales coinciden con las celebraciones de Todos Santos y Fieles Difuntos, entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre.

    En Papantla, este 2026, la programación pública también comenzó el 18 de octubre con la ceremonia de los Cuatro Portales dedicada a San Lucas, además de expresiones rituales y culturales relacionadas con el inicio de este periodo. No se trata entonces solamente de esperar la noche del 1 de noviembre. El regreso de los muertos tiene sus tiempos. Y recibirlos también.

    Ninín
    Teresita García Martínez

    Un altar preparado para una visita

    Quizá una de las mejores maneras de comprender el Ninín sea mirar detenidamente su altar. La ofrenda tradicional totonaca puede incorporar un marco tejido con palmilla, flores de cempasúchil y terciopelo, frutas y estrellas elaboradas con palma que representan el firmamento. Pero hay un elemento todavía más particular: en algunas expresiones tradicionales, la mesa de la ofrenda se suspende del techo.

    La explicación documentada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia forma parte de la cosmovisión asociada con el ritual: existe la creencia de que las ánimas llegan flotando con las corrientes de aire y no deben tocar la tierra. De pronto, el altar adquiere otro significado. No es solamente un espacio que los vivos observan. Está preparado para quien viene de regreso.

    Ninín
    Teresita García Martínez

    A los muertos también se les sirve la mesa

    Y si los familiares regresan, hay que darles de comer. Los alimentos del Ninín no permanecen necesariamente iguales durante toda la celebración. Las ofrendas pueden modificarse dependiendo de quiénes son esperados y también del momento del día.

    El INAH ha documentado que para los niños pueden colocarse alimentos distintos a los destinados a los adultos. Durante la mañana se ofrece café y pan; al mediodía pueden aparecer los tamales de cuchara —preparación propia de esta región— y por la noche chocolate con pan. Así, cocinar deja de ser únicamente parte de la celebración gastronómica. Preparar los alimentos que alguien disfrutaba, colocarlos en la mesa y esperar su llegada convierte a la cocina en otra manera de recordar. Y quizá también de conversar con quien ya no está físicamente.

    Ninín
    Teresita García Martínez

    Los alabanceros y el camino de las almas

    El Ninín también se escucha. Dentro de la tradición participan los alabanceros, cuyos cantos tienen una función ritual asociada con la apertura y el cierre del portal por el que simbólicamente llegan los ancestros.

    Investigaciones retomadas por el INAH señalan que esta expresión contiene elementos cuya procedencia puede estar relacionada tanto con prácticas anteriores a la evangelización como con aquellas incorporadas posteriormente por el cristianismo.

    Ese encuentro entre diferentes tiempos históricos ayuda a entender por qué el Ninín que se vive actualmente no puede reducirse a una sola explicación. En él conviven la cosmovisión totonaca, la memoria familiar y elementos religiosos incorporados a lo largo de generaciones.

    Papantla llevó el Ninín a las calles

    Este 2026, esa tradición también adquirió una dimensión pública. La caminata Nitat-Latamat, realizada desde el panteón de la Santísima Trinidad hasta el centro de Papantla, representó simbólicamente la bienvenida a las almas. Música de viento, incienso y veladoras acompañaron el recorrido hasta la explanada municipal.

    Ahí fue instalado un altar monumental elaborado con la participación de representantes de la cultura totonaca. Su preparación incluyó una choza tradicional, estrellas y flores de cempasúchil, con la intención de mostrar a habitantes y visitantes parte de la cosmovisión relacionada con el encuentro con los ancestros.

    Ninín
    Teresita García Martínez

    El programa contemporáneo también incorporó exposiciones, talleres, actividades artísticas y un desfile de Catrinas. Son expresiones públicas que han hecho más visible la celebración. Pero el corazón del Ninín continúa estando en algo mucho más íntimo.

    Papantla
    Teresita García Martínez

    Una tradición que comienza dentro de casa

    Más allá de los altares monumentales, los desfiles y las fotografías que cada año muestran un Papantla lleno de flores y color, el significado del Ninín permanece ligado a las familias. Está en preparar el altar. En cocinar. En encender el copal. En colocar las flores. En cantar y rezar. Y, sobre todo, en reservar nuevamente un lugar para aquellos que alguna vez formaron parte de la casa.

    Por eso quizá el Ninín nos permite mirar el Día de Muertos desde otro lugar. No solamente como una celebración alrededor de la muerte, sino como una tradición construida alrededor del regreso. Porque durante estos días, en la cosmovisión totonaca, la ausencia parece suspenderse por un momento. Y en Papantla, los muertos vuelven a casa.

    Papantla
    Teresita García Martínez

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