Pronto va a ser el Día del Padre y me di cuenta de que no es una fecha que tengo tan presente como sí me pasa con el Día de las Madres. También he notado que no es algo que solo me pasa a mí. Si bien noto que en redes sociales se empieza a hablar más sobre la celebración de este día, no tiene la misma difusión que el Día de las Madres.
En México es común escuchar chistes o historias sobre el padre ausente, el que se fue por los cigarros y no regresó. También, como psicoterapeuta, en consulta son interminables las historias del papá que, aunque estuviera presente físicamente, no lo estaba emocionalmente.
En nuestra cultura, mientras a la madre tradicional se le exige quedarse en casa y atender los quehaceres domésticos, el papá ocupa el espacio público, el de la calle, donde se genera dinero. Es así como papá se vuelve la puerta de entrada al dinero, el puente entre la familia y el capital. Aunque en nuestra sociedad cada vez es menos común encontrar esa familia tradicional en la que papá trabaja para el mercado y mamá permanece en casa, ya que la situación económica exige que ambos generen dinero para que el sustento alcance, en el imaginario cultural el trabajo de papá se sigue limitando principalmente a traer dinero, excluyéndolo del cuidado emocional y mental de sus hijos e hijas.

Opinión de Mónica Nereida sobre la paternidad responsable, no solo en lo económico, también en lo emocional.
El capital es un amo y un Dios celoso, exigente y demandante. Mientras mamá permanece en el espacio privado siendo la responsable del bienestar emocional de su familia, papá tiene incapacidad de relacionarse emocionalmente con sus hijos porque el capital ha anestesiado su ternura, para no interrumpirlo de su carrera por conseguir dinero, el sustento para la familia.
Sí, las masculinidades son muchas, pero algo que he notado con mis consultantes en acompañamiento individual y grupal es que la ausencia de la ternura en la mayor parte del tiempo de la experiencia de la masculinidad (cualquiera que sea) es una constante.
Siguiendo a Freud y a Lacan, la psicoanalista Mariana Raimondi (2018) habla de cómo el ser humano necesita radicalmente de otras personas para sobrevivir. Cuando nacemos somos seres indefensos que necesitamos que otra persona nos alimente, nos abrigue, nos limpie, nos cuide de la enfermedad. Sin ese cuidado la vida no se puede sostener. Si bien mientras crecemos vamos necesitando de un poco menos de cuidado —empezamos a poder comer por nosotros mismos, a bañarnos, hablar para pedir ayuda, entre otras cosas— también somos seres emocionales que, además de un cuerpo, tenemos una psique que influye profundamente en nuestro desarrollo.
Fernando Ulloa (Raimondi, 2018) retoma el concepto de ternura para hablar de la función que implica reconocer al niño o niña como un sujeto que necesita cuidado, y para él la ternura necesita de un “miramiento”. No podemos cuidar algo que no vemos; si no lo vemos, no recordamos que existe, porque no se toma en cuenta.
La ternura es algo que necesita tiempo, el tiempo de voltear a ver a la otra persona, notarla, notar sus necesidades, sus preocupaciones, notar qué le gusta, qué necesita.
El capitalismo no tiene tiempo para la ternura; lo importante es producir dinero y el miramiento tierno no lo produce necesariamente. Además, en nuestra cultura nos han enseñado que la ternura es femenina, eso no es algo de hombres. Un verdadero hombre es rápido, fuerte, no precisamente tierno.
El no permitir que la masculinidad sea tierna limita a los padres a voltear a ver a sus hijos e hijas, crear una conexión profunda donde se puedan compartir amores, dolores, gozos y apoyos. Culturalmente hemos aprendido que papá tiene la tarea de educar en disciplina, pero no en ternura.
Como psicoterapeuta me estremece darme cuenta de que los hombres jóvenes se cuestionan cada vez más esto y anhelan una paternidad diferente, una que sea presente y tierna. Yo creo que esto es urgente.
Cuando podamos ver a nuestros propios hijos e hijas de una manera tierna, podremos hacer lo mismo con los niños y niñas en situación de calle o de guerra y podremos crear infancias y vidas adultas diferentes, y así sanar muchas de las heridas que tenemos como humanidad.
Considero que la historia de la humanidad necesita con urgencia que dejemos de limitar el Día del Padre a regalar alcohol y dar un abrazo, y podamos usar el pretexto de esta fecha para reflexionar en cómo nos relacionamos como padres, que nos preguntemos: ¿Con qué mirada veo a mis hijos e hijas? y empecemos a cuestionarnos cómo podemos hacer esta mirada cada vez más tierna.



