Hubo un tiempo en que llevarse un recuerdo de Veracruz significaba posar frente a una cámara en el Malecón, el Zócalo o alguno de los rincones más reconocibles del Centro Histórico. Antes de que los teléfonos celulares hicieran de la fotografía una práctica cotidiana, estos espacios reunían a turistas, familias y fotógrafos que convertían una visita al puerto en una imagen para conservar.
Las fotografías antiguas permiten asomarse a ese Veracruz y reconocer cómo sus plazas, edificios y paisajes formaron parte de los recuerdos de varias generaciones. Desde su experiencia detrás de la cámara, los fotógrafos Julio Sanz y Salvador Flores recuerdan los lugares, las prácticas y las imágenes que construyeron parte de la memoria visual de la ciudad.

El Malecón y la parroquia: postales del puerto
La zona del Malecón, cerca del Faro Venustiano Carranza, era uno de los puntos donde se reunían fotógrafos para retratar a turistas y familias. El Zócalo, también conocido como Plaza de Armas, y los alrededores del Registro Civil formaban parte de los escenarios habituales para conservar una imagen de Veracruz.

Julio Sanz, quien comenzó a trabajar en la fotografía en 1992, recuerda que en el Malecón se congregaban numerosos fotógrafos. El paisaje marítimo y el movimiento de los barcos ofrecían un fondo reconocible para quienes buscaban llevarse un recuerdo de su visita.


Salvador Flores suma otros sitios emblemáticos a este recorrido, como San Juan de Ulúa, Villa del Mar y el hotel Mocambo. También destaca la parroquia y sus portales, espacios que han mantenido su presencia en la memoria fotográfica del puerto.

Durante la década de 1970, recuerda Flores, la parroquia tenía mesas de mármol blanco y mobiliario de hierro fundido que le daban una apariencia particular. Su importancia trascendía el edificio: fotografiarse ahí también era una manera de dejar constancia de haber visitado Veracruz.
Los “agüitas”: fotógrafos que convertían imágenes en un pedacito de Veracruz
Entre las prácticas que marcaron aquella época estaban las fotografías conocidas popularmente como agüitas. Estos fotógrafos trabajaban en sitios turísticos y ofrecían imágenes que podían convertirse en llaveros, pequeños objetos que los visitantes llevaban consigo como recuerdo.

Salvador Flores recuerda fotógrafos en el Malecón y Villa del Mar
“Sí, en Villa del Mar también, por ejemplo, Joaquín Santa María y el abuelo de Conny Herrera, no recuerdo ahorita el nombre, también se apellidaba Herrera, era de los fotógrafos que aparte de trabajar en diario, este, digamos coloquialmente, sacaban el hueso yendo a fotografiar a Villa del Mar, llevaban su cámara y trípode, capturaban la imagen y después la revelaban para entregársela a sus clientes”. Recuerda.
El Malecón, además de ofrecer vistas de los barcos y los muelles, permitía conservar recuerdos de la visita al puerto. Flores cuenta que, hasta alrededor de 1970-1972, el acceso a los muelles era libre, por lo que algunas personas podían subir a barcos extranjeros para comer y aprovechar la ocasión para tomarse una fotografía.


Antes de la inmediatez digital, estos trabajadores realizaban buena parte del proceso fotográfico. En algunos casos, también utilizaban cámaras Polaroid, que permitían entregar una imagen casi al instante. Estos lugares narrados por Flores se destacan entre los sitios más emblemáticos del puerto.
Del rollo fotográfico a la imagen digital
Durante los años noventa, fotografiar requería planear cada toma. Los rollos de 35 milímetros solían tener 36 exposiciones, por lo que era importante elegir bien el momento, la luz y el encuadre.
“Tenías que ser muy objetivo a la hora de hacer tus fotografías”, recuerda Sanz. Después venían el revelado, la impresión y la selección de las imágenes, un proceso que exigía paciencia antes de conocer el resultado final.
La fotografía digital cambió esa dinámica al permitir revisar las imágenes inmediatamente. Sin embargo, las fotografías analógicas conservan el registro de una época y permiten observar detalles de la ciudad que hoy pueden haber desaparecido o transformado su apariencia.

Imágenes que documentan otras épocas del puerto
Entre las imágenes de archivo que acompañan este recorrido se encuentran una fotografía del Baluarte de Santiago cuando todavía no tenía repellado y otra del antiguo Pirata Fuentes. Ambas permiten observar distintas etapas del puerto y reconocer los cambios que ha experimentado.
Para Sanz, cada fotografía puede convertirse en un documento histórico. “Todo lo que tú hagas en foto es un documento histórico”, afirma, al referirse a la capacidad de las imágenes para registrar un momento desde la mirada de quien lo captura.

Flores, por su parte, retoma una frase del fotógrafo Pedro Meyer: la fotografía es “la muleta de la memoria”. Desde esta perspectiva, los álbumes familiares también representan un tesoro, pues resguardan escenas cotidianas, reuniones y rostros que adquieren un valor especial con el paso del tiempo. En la fototeca donde actualmente se encuentra Salvador Flores, la conservación de estos materiales incluye procesos para evaluar su estado y atender su deterioro. El recinto cuenta con dos bóvedas: una destinada al acervo histórico y otra al artístico.
Para el fotógrafo Salvador Flores, conservar e imprimir las imágenes permite que los recuerdos permanezcan y puedan compartirse. Así, las fotografías de Veracruz no solo muestran los lugares que alguna vez fueron populares para retratarse, sino que también resguardan fragmentos de la vida.

Fotografías antiguas para mirar el Veracruz que ya cambió
Las fotografías de décadas pasadas permiten observar detalles de la ciudad que pueden pasar inadvertidos en la vida cotidiana. Un edificio, una calle o un espacio público conservan en sus imágenes una apariencia que quizá ya no corresponde con la que tienen actualmente.
El Veracruz que se fotografiaba permanece en imágenes que hoy permiten recorrer sus espacios desde otra perspectiva. En el Malecón, el Zócalo y otros rincones del puerto, las fotografías guardan algo más que un recuerdo: conservan fragmentos de una ciudad que cambia con el tiempo, pero cuya historia también se cuenta a través de aquello que alguien decidió mirar y dejar registrado.



