Un sonido que para alguien pasa inadvertido puede resultar abrumador para otra persona. Una conversación aparentemente sencilla puede exigir un enorme esfuerzo. Y aquello que cuesta expresar con palabras quizá encuentre salida en un dibujo, una melodía, el movimiento del cuerpo o un personaje sobre un escenario.
No todas las personas perciben, procesan ni responden al mundo de la misma manera. Esa diversidad está detrás de una palabra cada vez más presente en conversaciones sobre educación, salud, cultura e inclusión: neurodivergencia.

En Veracruz, el término volvió a ponerse sobre la mesa con el Festival Sembrartes Neuro-Diver-Gente 2026, realizado en Xalapa y Orizaba. El encuentro reunió propuestas de arte, cultura, ciencia y divulgación, con especial atención al autismo y al trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).Pero más allá de las actividades de un festival queda una pregunta que merece permanecer: ¿qué significa realmente ser neurodivergente y qué puede aportar el arte, particularmente durante la infancia?
Neurodivergencia no es un diagnóstico
La primera distinción es importante. Neurodiversidad y neurodivergencia no son exactamente lo mismo y tampoco constituyen, por sí mismas, un diagnóstico médico. El concepto de neurodiversidad reconoce que existen variaciones en la manera en que funciona y se desarrolla el cerebro humano. No hay una única forma en que todas las personas deban pensar, aprender, prestar atención, comunicarse o experimentar su entorno.
El término neurodivergente se utiliza para referirse a personas cuyo funcionamiento o desarrollo neurológico difiere de aquello considerado típico. El concepto surgió estrechamente relacionado con la comunidad autista y actualmente suele utilizarse también al hablar de condiciones como TDAH o dislexia, aunque sus alcances siguen siendo objeto de discusión.
La diferencia es importante porque hablar de neurodivergencia no significa colocar bajo una misma etiqueta experiencias idénticas. Ni todos los niños autistas tienen las mismas necesidades, ni todas las personas con TDAH experimentan las mismas dificultades, ni aquello que funciona para una persona necesariamente tendrá el mismo resultado en otra.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala, por ejemplo, que el autismo comprende un grupo diverso de condiciones relacionadas con el desarrollo del cerebro y que las capacidades y necesidades de las personas autistas pueden variar y evolucionar con el tiempo.
Un mundo que puede sentirse diferente
Para comprender la relación entre neurodivergencia y arte primero hay que mirar algo mucho más cotidiano: el entorno. Luces, sonidos, olores, texturas, movimientos, aglomeraciones o cambios inesperados que para muchas personas forman parte habitual de un espacio pueden ser experimentados de manera distinta por algunos niños autistas.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) incluyen entre las características que pueden presentarse en el autismo reacciones diferentes ante sonidos, olores, sabores, imágenes o sensaciones, además de distintas maneras de aprender, moverse o prestar atención. Eso no significa que todas las personas autistas presenten estas características ni que lo hagan con la misma intensidad. Pero permite cambiar una pregunta frecuente.
En lugar de preguntarnos solamente cómo lograr que una persona se adapte a determinado espacio, también podemos preguntarnos: ¿qué podemos cambiar en nuestros espacios para que distintas personas puedan participar en ellos? El ruido y la iluminación, por ejemplo, son factores ambientales que pueden necesitar ajustes para algunas niñas, niños y jóvenes autistas.

Esta preocupación también estuvo presente en Sembrartes Neuro-Diver-Gente: pensar espacios culturales capaces de considerar distintas sensibilidades y necesidades. Cuando las palabras no son el único lenguaje. Aquí aparece el arte. Dibujar no exige necesariamente explicar primero lo que se siente.
Una melodía puede permitir interactuar sin sostener una conversación convencional. El teatro permite explorar situaciones a través de personajes. El movimiento convierte al cuerpo en un medio de expresión.
Para algunos niños, las actividades artísticas pueden abrir posibilidades de comunicación, participación y relación que no dependen exclusivamente del lenguaje verbal. Pero hay que hacer una distinción importante: reconocer ese potencial no significa afirmar que el arte “cura” el autismo, el TDAH o cualquier otra condición.La investigación científica invita a ser más prudentes.
Una revisión sistemática publicada en 2024 examinó 20 investigaciones realizadas entre 2010 y 2023 sobre terapias mediante artes creativas en 781 niños autistas de entre cero y 11 años. Dieciocho de los 20 estudios reportaron beneficios y, particularmente, oportunidades para que los niños pudieran expresarse y cooperar con otros.
Los resultados son alentadores, aunque los propios investigadores señalan una limitación: existen grandes diferencias entre los participantes, las actividades realizadas, los objetivos de cada intervención y las maneras de medir sus resultados.En otras palabras, hay señales prometedoras, pero no existe una respuesta universal.
Música, pintura, teatro: no todas las artes hacen lo mismo
Las investigaciones han explorado actividades muy diferentes: música, canto, instrumentos, improvisación, juegos teatrales, creación de personajes, títeres, pintura, cerámica, manualidades, danza y movimiento corporal. Algunos estudios sugieren posibles beneficios en áreas relacionadas con la comunicación, interacción social, lenguaje, habilidades motoras o manejo del estrés.
La música es uno de los campos más estudiados.
Un metaanálisis que reunió ocho ensayos con 608 participantes encontró una mejora significativa en las respuestas sociales de niños autistas que participaron en musicoterapia, aunque no encontró mejoras significativas en todos los aspectos evaluados, como lenguaje o comportamiento social adaptativo.
Esa diferencia importa.
La ciencia ofrece una imagen mucho más compleja —y también más útil— que la promesa de una solución milagrosa: el arte muestra potencial, pero no produce los mismos efectos en todos los niños ni sustituye automáticamente otras formas de acompañamiento o atención profesional.
El arte no necesita ser una terapia para tener valor. Existe además otra manera de mirar el tema. Cuando el arte aparece únicamente acompañado de la palabra “terapia”, existe el riesgo de olvidar que pintar, cantar, bailar, tocar un instrumento o hacer teatro también pueden tener valor simplemente porque son experiencias humanas. Un niño neurodivergente no necesita justificar mediante un resultado clínico su derecho a crear.
Puede pintar porque disfruta hacerlo. Puede bailar porque encuentra placer en el movimiento. Puede hacer música porque le interesa un sonido. Puede participar en teatro porque quiere imaginar otra historia. Y, al mismo tiempo, puede encontrar mediante esas actividades nuevas maneras de expresarse, compartir espacios y relacionarse con otras personas.
La OMS sostiene que mejorar la calidad de vida de las personas autistas no depende únicamente de intervenciones individuales. También requiere acciones sociales y comunitarias que favorezcan la accesibilidad, la inclusión y el apoyo. Desde esa perspectiva, la cultura adquiere otra responsabilidad.
No se trata solamente de organizar actividades “para personas neurodivergentes”, sino de preguntarnos si museos, teatros, talleres, festivales, escuelas y espacios culturales están preparados para recibir diferentes maneras de experimentar el mundo.
El festival termina; la conversación permanece
Sembrartes Neuro-Diver-Gente surgió en 2017 como un encuentro itinerante impulsado por artistas independientes interesados en acercar sus actividades a distintos públicos y comunidades. En su edición 2026 llegó a Xalapa y Orizaba con actividades culturales, mesas de diálogo y espacios de divulgación que reunieron a especialistas, artistas, personas neurodivergentes, familias, estudiantes y público general.

Los festivales terminan. Los escenarios se desmontan y las actividades desaparecen de la agenda. Pero quizá uno de sus efectos más interesantes ocurre después: cuando una palabra desconocida provoca una pregunta y esa pregunta modifica nuestra manera de observar a quienes nos rodean. Entender la neurodivergencia no consiste simplemente en memorizar una nueva etiqueta. Implica reconocer que las personas no necesariamente aprenden, sienten, se comunican ni perciben su entorno de una única manera.
Y el arte, aunque la ciencia continúa investigando hasta dónde pueden llegar sus efectos terapéuticos, posee algo que no necesita esperar nuevos estudios para tener valor: la posibilidad de ofrecer más de una forma de expresarnos, encontrarnos y participar en el mundo



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