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    “Yo tengo mi nombre, no me llamo María”: discriminación amenaza una tradición textil de Veracruz

    Una prenda puede parecer solo una prenda, pero también puede llevar consigo historia, identidad y orgullo.

    En las Altas Montañas de Veracruz, mujeres como Rufina Camilo Mejía, María Romero y Bonifacia Martínez mantienen vivo un conocimiento transmitido de generación en generación: el tejido de prendas tradicionales elaboradas con lana de borrego, colores naturales y telar de cintura. Pero esta tradición enfrenta un desafío que va más allá de los cambios en la moda: la discriminación.

    Una tradición que comienza desde la infancia

    En municipios como Soledad Atzompa, Tlaquilpa y Zongolica, las artesanas conservan técnicas y conocimientos relacionados con la elaboración de prendas tradicionales.

    Rufina Camilo Mejía, tejedora de Soledad Atzompa, explica que su trabajo está ligado directamente con la lana de borrego.

    “Vengo representando mi artesanía de lana de borrego.” Entre sus piezas se encuentran los quechquémitl, elaborados con colores obtenidos de flores, raíces y hierbas. “Yo hago estos quechquémitl. Son los colores naturales de flores, raíces e hierbas. Son colores naturales y están hechos en telar de cintura, 100 por ciento lana de borrego.”

    El proceso forma parte de un conocimiento que las mujeres aprendieron observando a sus madres y abuelas.Para muchas artesanas, el aprendizaje comienza desde niñas, alrededor de los ocho años, cuando empiezan a involucrarse en actividades como el cuidado de los borregos y posteriormente en la transformación de la lana.

    La naturaleza también forma parte del tejido

    El trabajo artesanal comienza mucho antes de sentarse frente al telar. María Romero, tejedora de Tlaquilpa, explica que parte de los materiales utilizados para obtener los colores se encuentran en la propia naturaleza.

    “Y ahora me voy en el cerro, voy a buscar flores para combinarlo con zacapali, con todas las flores que hay, que tiene pinto.” Así, el paisaje de las Altas Montañas también termina formando parte de las prendas.

    Flores, raíces, hierbas, lana y técnicas transmitidas durante generaciones se convierten en una expresión cultural que mantiene una relación directa con el territorio.

    Vestir la identidad

    Para Rufina Camilo Mejía, la vestimenta tradicional también representa una herencia familiar.

    “Ellas lo usaban, y también esta bayeta. Nuestras abuelitas la usaron y la dejaron como herencia o tradicional, más bien, nuestro traje tradicional de Soledad Atzompa.” Sin embargo, esa herencia enfrenta cambios.

    Las nuevas generaciones han comenzado a utilizar otras prendas y estilos de vestir, dejando poco a poco la ropa tradicional. María Romero observa este cambio desde su propia comunidad: “Ahorita ya cambió todo, en las chiquitas, las grandes, todo compran su moda de pantalón, como chamarras que están blanditos.”

    Para las artesanas, el cambio en la vestimenta no necesariamente representa un problema por sí mismo. Lo que preocupa es que las nuevas generaciones puedan terminar alejándose también del conocimiento y las técnicas que acompañan estas prendas.

    Cuando la discriminación cambia la manera de vestir

    El problema aparece cuando vestir una prenda tradicional se convierte en motivo de señalamientos.

    Rufina Camilo Mejía relata que algunas mujeres prefieren dejar de utilizar su vestimenta cuando salen de sus comunidades porque han sido objeto de comentarios discriminatorios. “Pues me gustaría que no se perdiera la costumbre, pero la mayoría ya no lo quiere usar. Aparte de que luego nos discriminan en la ciudad.”

    El señalamiento, explica, puede ser tan sencillo como llamarlas “María” por el hecho de portar un traje tradicional. “Salimos y nos dicen: ‘ahí va la María’, y por eso no nos sentimos cómodas, porque nos discriminan en la ciudad.”

    Detrás de esa expresión hay algo más profundo: la reducción de una persona a un estereotipo por su origen, su vestimenta o su identidad cultural. “Yo tengo mi nombre, yo no me llamo María, pero por mi traje así me llaman.”

    El reconocimiento también puede cambiar la experiencia

    No todos los lugares representan la misma experiencia para las artesanas. Rufina cuenta que cuando llevan sus prendas a otras ciudades, como Xalapa, han encontrado personas que se acercan para conocer su trabajo y mostrar interés por su vestimenta.

    “Señora, se ve muy bonita con su traje, ¿podemos tomar una foto con usted?” Ese tipo de reconocimiento cambia completamente su percepción. “Y ya me siento muy orgullosa, ya no me da pena.”

    Pero también existe una contradicción: una vestimenta que puede generar orgullo y admiración fuera de las comunidades puede convertirse en motivo de discriminación en otros espacios. “Cuando me discriminan, entonces ahí sí ya no lo quiero llevar.”

    El valor que muchas veces llega desde fuera

    Las artesanas también enfrentan otro reto: conseguir que su trabajo sea valorado y consumido.

    Bonifacia Martínez, tejedora de Tlaquilpa, considera que muchas veces son las personas que llegan de otras regiones quienes muestran mayor interés por sus productos.

    “Sí nos gustaría que más gente de lejos viniera y conociera nuestro producto, porque es la gente de lejos, de otros lugares, que viene y es la que aprecia el trabajo.” El problema, explica, también está dentro de las propias comunidades. “Los de aquí, de la comunidad, del distrito, municipio, la verdad como que no valoran el trabajo, no lo consumen, pues.”

    La falta de consumo local representa un desafío para quienes dependen de la venta de sus artesanías y, al mismo tiempo, buscan mantener vivo un conocimiento ancestral.

    El trabajo detrás de una prenda

    Una pieza artesanal concentra mucho más que el tiempo frente al telar. La obtención y preparación de la lana puede llevar alrededor de un día. De un borrego se obtienen aproximadamente entre 800 gramos y un kilogramo de hilo. Después viene el proceso de tejido, que puede tomar hasta dos horas por pieza, dependiendo del diseño y sus características.Pero el verdadero proceso comienza mucho antes.

    Las niñas observan a sus madres y abuelas, aprenden a cuidar los borregos y poco a poco adquieren los conocimientos necesarios para transformar la lana. Así se transmite una tradición que no está escrita en un manual, sino que permanece en la práctica cotidiana.

    Una tradición que también necesita ser respetada

    Las tejedoras de las Altas Montañas no hablan solamente de conservar una prenda. Hablan de conservar una parte de su identidad. No se trata de impedir que las nuevas generaciones cambien su manera de vestir, sino de evitar que tengan que abandonar su vestimenta tradicional por miedo a ser señaladas.

    Porque una prenda puede parecer solo una prenda. Pero también puede llevar consigo historia, identidad y orgullo. Y cuando alguien deja de usarla porque teme ser discriminado, lo que se pierde no es únicamente una forma de vestir: también puede comenzar a perderse una parte de la memoria cultural de un pueblo.

    Las voces de Rufina Camilo Mejía, María Romero y Bonifacia Martínez recuerdan que preservar una tradición también implica reconocer y respetar a quienes la mantienen viva.

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