Desde temprano comenzaron a ocupar las banquetas. Había familias completas, teléfonos preparados para grabar y niños que, vestidos con uniformes militares, esperaban ver pasar una columna que para ellos tenía un significado diferente.
Entre los 4 mil 218 elementos que desfilaron este domingo por los 205 años de la Armada de México había un padre, una hija, un hermano, una esposa o un hijo al que alguien esperaba reconocer entre miles de uniformes. Y cuando finalmente aparecía, bastaban unos segundos.

Un saludo desde la formación. Una mano levantada desde la banqueta. Una sonrisa. Algún grito pronunciando un nombre entre el ruido del desfile. Durante unas horas, el bulevar Manuel Ávila Camacho de Veracruz mostró una cara de las Fuerzas Armadas que pocas veces ocupa el centro de las ceremonias oficiales: la de las personas que existen detrás del uniforme.
Esperar para encontrar un rostro entre miles
La ceremonia oficial se realizó en la Macroplaza del Malecón. Ahí se conmemoraron los 205 años del nacimiento de la Armada de México con autoridades federales, estatales, navales y militares. Pero algunos metros más allá ocurría otra historia.
Familiares de elementos que participarían en el desfile buscaban un lugar desde donde pudieran observarlos. Algunos de los marinos habían llegado desde distintos puntos del país y para sus familias aquella formación militar representaba también una oportunidad para volver a verlos.
En una columna integrada por 4 mil 218 elementos —1,476 mujeres y 2,742 hombres, de acuerdo con la Secretaría de Marina— reconocer a alguien podía durar apenas unos instantes.Por eso había que estar atentos. Cuando finalmente aparecía el rostro conocido, la formalidad del desfile se encontraba con algo completamente cotidiano: el cariño de una familia.
El desfile visto desde la banqueta
Sobre el bulevar costero, el público convirtió la conmemoración en algo distinto. Familias porteñas se acercaron para observar el paso de los contingentes. Los teléfonos aparecieron para guardar fotografías y videos, mientras los niños miraban uniformes, vehículos y elementos navales avanzando frente al mar. Algunos pequeños llegaron vestidos como soldados o marinos.
Puede parecer solamente un juego infantil, pero es una imagen que se ha repetido durante generaciones alrededor de los desfiles militares: niños que reproducen los uniformes que observan y familias que los llevan a conocer una ceremonia que forma parte de la vida pública del país.
Esta vez, entre las demostraciones de disciplina y formación militar, también hubo espacio para los gestos espontáneos. Un abrazo antes o después del recorrido tenía un significado que ningún protocolo podía explicar.

Detrás de un uniforme hay alguien que regresa a casa
Las Fuerzas Armadas suelen aparecer ante la sociedad a través de sus símbolos: uniformes, embarcaciones, aeronaves, vehículos, armas y formaciones. El desfile permite observar precisamente esa capacidad operativa. Pero cada una de esas estructuras está integrada por personas.
Personas que tienen hijos, padres, parejas y hermanos. Algunas permanecen lejos de sus ciudades durante periodos prolongados debido a sus responsabilidades y otras son movilizadas cuando ocurre una emergencia. Ese componente humano también apareció durante la conmemoración en Veracruz.
Mientras desde la ceremonia se hablaba de soberanía, preparación y servicio, desde las banquetas había familias esperando simplemente ver pasar a alguien querido.
Una Armada que también aparece cuando ocurre una emergencia
El aniversario coincidió además con los 60 años del Plan Marina, uno de los mecanismos mediante los cuales el personal naval participa en labores de auxilio a la población durante emergencias y desastres. Como parte de la conmemoración se realizó un ejercicio de ayuda humanitaria que simuló un desastre natural con afectaciones para alrededor de 180 mil personas.
Participaron los buques Papaloapan e Isla Holbox, cocinas móviles, plantas potabilizadoras, helicópteros, embarcaciones y 15 binomios caninos.
Más allá de la demostración operativa, estos recursos permiten recordar otra imagen conocida por los mexicanos: la de elementos militares llegando a comunidades después de un huracán, una inundación u otro desastre. Ahí también el uniforme adquiere otro significado. Es la persona que carga víveres, ayuda durante una evacuación, opera una cocina, distribuye agua o participa en una búsqueda.
Veracruz vio pasar algo más que un desfile
Veracruz tiene una relación histórica con el mar y con la Armada de México, pero este domingo esa relación pudo observarse desde una escala mucho más pequeña. Estuvo en los niños vestidos con uniforme. En las familias esperando sobre el bulevar. En quien levantó el teléfono tratando de encontrar a su familiar dentro de la formación.
Y en el marino que, sin romper completamente el paso, alcanzó a reconocer entre el público a quienes habían ido exclusivamente para verlo. Las ceremonias militares suelen construirse alrededor de grandes conceptos: nación, soberanía, disciplina, servicio y defensa. Todos forman parte de la institución. Pero desde la banqueta la perspectiva cambia.

El uniforme sigue ahí. También la formación y la disciplina. Lo que aparece detrás es una persona que alguna vez salió de casa, que tiene gente esperando su regreso y que, incluso mientras desfila entre miles, todavía puede reconocer una voz que pronuncia su nombre.
Quizá por eso algunos de los momentos más significativos de los 205 años de la Armada de México en Veracruz no ocurrieron frente al templete. Ocurrieron entre quienes esperaron pacientemente a un costado del recorrido. Porque durante unos segundos, entre miles de uniformes, una familia no estaba viendo pasar a un marino: estaba viendo pasar a uno de los suyos.




