Hay paradas en carretera que uno hace por necesidad, para descansar o quitarse el hambre. Y hay otras a las que regresa porque recuerda el sabor de unas buenas picaditas, unas tortillas recién hechas o unos frijoles bien guisaditos. En nuestro caso, La Casona del Tío Alejo, en Puente Nacional, pertenece a ese segundo grupo.
Quienes viajan de Veracruz hacia Xalapa conocen bien las opciones gastronómicas que aparecen a lo largo de la carretera. Algunos paraderos, como los de la zona de Cerro Gordo, son muy populares entre los automovilistas. Pero hay otras alternativas que vale la pena explorar, incluso si eso significa desviarse unos cuantos kilómetros de la ruta habitual.

Una de ellas está en la cabecera municipal de Puente Nacional, sobre la carretera federal libre Veracruz–Xalapa, prácticamente frente al Palacio Municipal. En esta zona hay varios establecimientos de comida, pero esta vez regresamos a La Casona del Tío Alejo. Ya habíamos comido aquí en otras ocasiones y, hasta ahora, nunca nos ha decepcionado. Sin embargo, esta visita de fin de semana tuvo algo especial: la comida nos pareció incluso mejor que la última vez.
Unas picaditas que nos llevaron a la infancia
Comenzamos con una orden de cuatro picaditas acompañadas de cecina, por 130 pesos. Y aquí ocurrió una de esas cosas que hacen que una experiencia gastronómica vaya más allá de simplemente comer. Apenas probó las picaditas, a mi pareja se le iluminaron los ojos. Le recordaron a un lugar cercano a donde vivía durante su infancia, donde las preparaban con ese mismo cuidado y sabor. No hizo falta preguntarle demasiado para saber que le habían encantado.
«Están perfectas. La masa, el queso, el tomate, la salsa… está todo muy bueno», fue su primera reacción. Pero después vino una descripción que nos pareció todavía más precisa: «La crocantez perfecta, ni muy crujientes ni muy aguadas». Y tenía razón. La masa conservaba esa textura que uno espera de una buena picadita veracruzana: firme en la superficie, pero sin endurecerse ni perder suavidad.

El queso, el tomate y la salsa ranchera acompañaban muy bien cada bocado. A esa salsa le agregamos un poco de salsa macha, que terminó por redondear el sabor. Si en una visita anterior les habíamos dado algo así como un ocho, esta vez no hubo dudas: 10 de 10 para las picaditas.
La cecina también dejó una buena impresión. La porción era generosa, tenía buen sabor y, algo que agradecimos, no resultaba excesivamente salada. Su preparación recordaba a una carne asada, sin exceso de grasa. Eso sí, aquí apareció nuestro primer pequeño desacuerdo. Aunque estaba rica, a mí me habría gustado encontrarla un poco más jugosa. Quizá quedó ligeramente seca para mi gusto, pero nada que empañara el buen resultado del plato.
Huevos en chile seco: no todo entra por los ojos
Después llegaron unos huevos en salsa de chile seco, de 80 pesos, que terminaron convirtiéndose en otra de las sorpresas de la visita. Hay que decirlo: visualmente quizá no sean el platillo más atractivo de la carta. La salsa oscura no tiene esos colores que suelen lucir en una fotografía gastronómica. Pero bastó probarlos. «Buenísimos, buenísimos, buenísimos», fue la reacción.
El huevo estaba en su punto y la salsa tenía un sabor muy agradable, con la presencia del chile seco, pero sin resultar excesivamente picante. Y para acompañarlos, unas tortillas hechas a mano que merecen su propio reconocimiento. Suavecitas, con una masa bien trabajada y ese sabor que hace que uno quiera seguir comiendo, aunque ya tenga suficiente en el plato. Porque en la cocina tradicional hay detalles que parecen sencillos, pero que marcan una enorme diferencia. Una buena tortilla es uno de ellos.
Los frijoles que sí tenían sabor
Al centro de la mesa nos sirvieron unos frijoles de consistencia cremosa, prácticamente licuados, pero bien guisados. Y aquí no pudimos evitar recordar nuestra visita anterior a otro restaurante (Ensambles Boca: reseña, precios y desayunos),donde una crema de frijol nos había quedado a deber. Esta vez fue distinto.
Los frijoles de La Casona del Tío Alejo tenían muy buen sazón. Se notaba ese sabor de una preparación bien guisadita, de las que no necesitan demasiados ingredientes ni adornos para acompañar una comida. Estaban ricos, así de sencillo. Y quizá esa sea una de las mejores maneras de describir la cocina que encontramos aquí: preparaciones tradicionales que destacan por el sabor, más que por la presentación.
Un mole que nos conquistó
También pedimos dos enmoladas rellenas de picadillo, por 50 pesos. Y aquí volvimos a encontrarnos con otro gran acierto. El picadillo estaba bien guisado, tenía buen sabor y las tortillas venían generosamente rellenas. Pero lo que realmente nos conquistó fue el mole. Riquísimo.
Tenía un equilibrio muy agradable: no era excesivamente dulce, tampoco amargo ni demasiado picante. Ningún sabor se imponía sobre los demás. Y algo que mi pareja señaló de inmediato fue que no resultaba grasoso. Las tortillas también llamaron nuestra atención. Estaban muy suaves y parecían recién hechas. Incluso surgió una pequeña discusión sobre si las habían pasado por aceite antes de bañarlas con el mole. Ella estaba convencida de que no. Yo pensé que quizá sí, pero de una manera muy ligera. No lo sabemos con certeza. Lo que sí podemos decir es que no se sentían aceitosas y conservaban una textura estupenda.

Las enmoladas estaban bien rellenitas, el picadillo tenía buen sazón y el mole terminó por hacer de este plato uno de nuestros favoritos de la visita. Porciones que mejoraron respecto a nuestra visita anterior. Aquí vale la pena hacer una precisión. En una visita anterior nos habíamos quedado con la impresión de que las porciones eran un poco pequeñas. No necesariamente salimos decepcionados por el sabor, pero sí sentimos que a algunos platos les faltaba un poco más de comida. Esta vez fue diferente.
Los huevos llegaron en una porción suficiente, la cecina estaba bien servida y las enmoladas tenían una cantidad generosa de picadillo. En general, los platos nos parecieron mucho más abundantes. En esta ocasión no nos quedamos con ganas de más por falta de comida. Al contrario, terminamos bastante satisfechos. Es una mejoría que reconocemos porque también forma parte de una reseña gastronómica: cuando algo cambia para bien, vale la pena decirlo.
Una cerveza fría y una espera razonable
La experiencia también se construye con detalles que a veces pasan desapercibidos. Por ejemplo, pedí una Negra Modelo y llegó bien fría. Y para quienes disfrutamos una cerveza con la comida, eso importa. Una chela a buena temperatura siempre se agradece, especialmente durante una parada en carretera. El servicio de los alimentos tuvo un tiempo de espera normal. Los platos llegaron sin demoras que afectaran nuestra experiencia.
La carta ofrece distintas opciones de cocina tradicional, desde antojitos y cecina hasta preparaciones como enmoladas y mondongo. Es el tipo de comida que uno suele buscar cuando quiere sentarse a desayunar o comer sin demasiadas complicaciones durante un viaje.
¿Cuánto gastamos en La Casona del Tío Alejo?
En esta ocasión, la cuenta fue de 345 pesos para dos personas, sin considerar una posible propina.
Nuestro consumo incluyó:
- Una orden de cuatro picaditas con cecina: $130
- Huevos en salsa de chile seco: $80
- Dos enmoladas de picadillo: $50
- Una jarra de agua: $45
- Una cerveza Negra Modelo: $40
Por las porciones, la variedad de alimentos y, sobre todo, el sabor de lo que probamos, nos pareció una cuenta bastante razonable. No estamos hablando de un restaurante de grandes pretensiones ni de una experiencia gastronómica sofisticada. Estamos hablando de un paradero donde lo importante es encontrar comida bien preparada, porciones satisfactorias y un sazón que invite a regresar. Y eso fue precisamente lo que encontramos.

Una alternativa para quienes viajan rumbo a Xalapa
La Casona del Tío Alejo también tiene un atractivo que va más allá de su cocina: su ubicación. Para quienes viajan desde Veracruz hacia Xalapa, Puente Nacional representa una alternativa a los paraderos más concurridos de la carretera. Desde la zona de Tamarindo es posible desviarse hacia la cabecera municipal, hacer una parada para desayunar o comer y después retomar el camino hacia la capital del estado.
Es un pequeño cambio de ruta que puede valer la pena, especialmente para quienes disfrutan descubrir lugares de comida tradicional fuera de los puntos más conocidos. Hay, sin embargo, un detalle práctico que conviene tomar en cuenta: el estacionamiento. Durante nuestra visita no encontramos un espacio de estacionamiento propio y utilizamos la orilla de la carretera. Como la vía es relativamente angosta, hay que tener precaución al detener el vehículo y, sobre todo, al abrir las puertas y descender. Es algo especialmente importante si se viaja con niños.
Otro punto a favor para quienes andan de camino es que el establecimiento acepta pagos con tarjeta bancaria, tanto de débito como de crédito. En visitas anteriores también teníamos conocimiento de que ofrecían facturación, aunque conviene confirmar que el servicio continúe disponible antes de solicitarla.
Son detalles que pueden hacer la diferencia cuando uno viaja y necesita resolver una comida sin complicaciones. Y aunque en los alrededores existen otros negocios que también merecen ser explorados, esta vez nos tocó regresar a La Casona del Tío Alejo. Salimos satisfechos.
Las picaditas estuvieron mejor que en nuestra visita anterior, los huevos en chile seco sorprendieron por su sabor, las tortillas hechas a mano fueron un acierto y las enmoladas nos dejaron con ganas de repetir. La cecina pudo haber estado un poco más jugosa, sí, pero fue un detalle menor dentro de una comida que disfrutamos mucho. Esta vez no hubo postre. Aunque vimos unos plátanos asados en la carta que se nos antojaron bastante, sencillamente ya no nos quedó espacio. Será para la próxima.
¿Volveríamos? Sin duda. No solo porque ya hemos regresado varias veces, sino porque esta visita nos recordó algo que vale la pena celebrar: a veces, para comer muy rico, basta con desviarse un poco de la carretera y encontrar una mesa donde todavía se cocina con buen sazón.
De Gusto y Antojo | Periodismo gastronómico contado desde la mesa.
Esta reseña recoge nuestra experiencia de consumo del 18 de octubre de 2026. Los precios corresponden a esa visita y pueden cambiar.



